Yes: The Quest, mirando hacia adelante sin olvidar el pasado
Hay discos de Yes que necesitan tiempo. No porque sean necesariamente difíciles, sino porque cuando llevas tantos años escuchando a un grupo resulta inevitable enfrentarte a ellos con toda su historia detrás. Y con Yes eso pesa mucho. Escuchamos unas guitarras, unos teclados, una determinada forma de construir una melodía y enseguida aparecen recuerdos de The Yes Album, Fragile, Close to the Edge o Going for the One.
Por eso The Quest, publicado en 2021, me parece un disco interesante. No pretende ser una recreación de aquellos Yes, pero tampoco renuncia a muchos de los elementos que han formado parte de su identidad durante décadas.
Y quizá ahí esté precisamente su interés.
Una nueva formación para una historia muy larga
The Quest fue el vigésimo segundo álbum de estudio de Yes y llegó después de varios años sin un nuevo trabajo de estudio, desde Heaven & Earth de 2014. La formación estaba integrada por Steve Howe a las guitarras, Geoff Downes a los teclados, Jon Davison como cantante, Billy Sherwood al bajo y Alan White a la batería, con Jay Schellen aportando percusión adicional. Steve Howe fue además el productor del álbum.
Es una formación que ya llevaba varios años compartiendo escenarios, pero The Quest permite escucharla de una manera diferente: ya no se trata únicamente de músicos ocupando el lugar de otros, sino de una banda intentando construir algo desde la formación que tiene delante.
Y eso es importante.
Porque resulta muy fácil escuchar Yes después de Jon Anderson y Chris Squire pensando continuamente en quién falta. Pero también podemos hacer el ejercicio contrario: escuchar qué están haciendo los músicos que permanecen y qué aportan los que han llegado.
Steve Howe sigue siendo perfectamente reconocible. Sus guitarras continúan siendo uno de los elementos que más rápidamente identificamos con Yes, desde las eléctricas hasta las acústicas.
Geoff Downes aporta una paleta de teclados que permite al grupo moverse entre el piano, los sintetizadores, el Hammond y el Mellotron, creando buena parte de esa dimensión atmosférica y sinfónica que tiene el álbum.
Jon Davison, por su parte, ya no parece simplemente el cantante encargado de mantener vivo el repertorio clásico. En The Quest tiene también un peso importante como compositor y letrista, algo especialmente evidente en varias de las canciones del disco.
Y Billy Sherwood continúa demostrando que su relación con Yes va mucho más allá de ocupar el puesto de Chris Squire. Su bajo tiene personalidad propia, aunque inevitablemente existan momentos en los que uno reconoce ecos del sonido tradicional de la banda.
Alan White, mientras tanto, aporta esa solidez que había acompañado a Yes durante tantos años.
Es, en definitiva, una banda que procede de una historia enorme, pero que intenta hacer música desde su presente.
¿Hacia dónde mira Yes en The Quest?
Creo que The Quest mira en dos direcciones al mismo tiempo.
Por un lado, hacia el Yes clásico.
Hay pasajes orquestales, desarrollos instrumentales, grandes acordes, cambios de dinámica y esa tendencia tan característica del grupo a convertir una canción en algo más amplio que una simple estructura de estrofa y estribillo.
Pero, al mismo tiempo, el disco no parece obsesionado con reproducir exactamente lo que Yes hacía en los años setenta.
El propio Steve Howe explicó que buena parte de la música se había escrito entre finales de 2019 y 2020 y que quisieron reforzar las composiciones con orquestaciones, poniendo especial atención en las melodías y en determinados desarrollos instrumentales.
Y eso se escucha.
Hay momentos grandes y solemnes, pero también canciones más sencillas y directas. El disco puede pasar de una construcción casi sinfónica a un tema más melódico sin necesidad de demostrar constantemente que estamos escuchando a Yes.
Quizá esa sea una de las claves de The Quest: no necesita estar todo el tiempo recordándonos quién fue Yes.
Un disco que recupera algunas señas de identidad
Escuchando The Quest aparecen inevitablemente pequeños recuerdos.
En The Ice Bridge encontramos una dimensión más épica y orquestal. Dare to Know combina esa amplitud característica del grupo con estructuras más accesibles. The Western Edge vuelve a utilizar guitarras acústicas y eléctricas, teclados y una construcción progresiva que nos resulta familiar.
Pero también hay espacio para piezas más delicadas.
Y ahí es donde creo que el álbum funciona especialmente bien.
Porque Yes siempre ha tenido esa capacidad para alternar la grandilocuencia con momentos de enorme sensibilidad. No todo tiene que ser Close to the Edge. También existen And You and I, Wonderous Stories o determinados pasajes acústicos de Steve Howe.
The Quest parece entenderlo.
No intenta competir con el pasado.
Simplemente utiliza algunas de sus herramientas.
A Living Island: una canción que crece poco a poco
Y llegamos a “A Living Island”, la canción que he elegido para este post y una de las que más me gustan del álbum.
Es una composición de Jon Davison y Geoff Downes que nació durante el confinamiento. Davison se encontraba en Barbados y la propia isla, formada por coral, se convirtió en el punto de partida conceptual de la canción. Lo que comienza como una experiencia personal termina ampliándose hacia una reflexión sobre el mundo y la necesidad de permanecer unidos en una situación de crisis.
Pero más allá de su significado, lo que me interesa es cómo está construida.
“A Living Island” tiene algo muy propio del Yes más clásico: crece.
No intenta atraparte inmediatamente con un estribillo. Va incorporando elementos, aumentando progresivamente su dimensión y llevando la canción hacia un final cada vez más amplio.
Geoff Downes explicó que partió de un tema que llevaba tiempo trabajando y que quería llevarlo hacia una construcción cada vez más grande, buscando esa sensación majestuosa que asociamos a determinados finales de Yes. Incluso relacionó esa intención con canciones como “And You and I” o “Awaken”.
Y ahí está uno de los detalles que más me gustan.
La canción no copia aquellas piezas, pero entiende perfectamente qué hacía especial aquella manera de construir música.
Empieza con una cierta intimidad y poco a poco va ganando espacio. La voz de Davison tiene protagonismo, las guitarras de Howe aparecen con distintas texturas y los teclados de Downes van ampliando el paisaje sonoro hasta desembocar en ese final majestuoso que parece pedir que la canción termine precisamente ahí.
Es una canción que necesita escucharse completa.
Un Yes que sigue siendo Yes
Con The Quest tengo la sensación de estar escuchando a una banda que todavía está buscando el equilibrio entre su enorme pasado y su realidad presente.
No estamos ante el Yes de los setenta.
Tampoco ante una simple continuación automática de los discos anteriores.
Es otra etapa.
Steve Howe sigue siendo Steve Howe. Las estructuras progresivas continúan estando ahí. Los teclados de Downes aportan amplitud, Davison introduce una sensibilidad compositiva cada vez más personal y Sherwood y White sostienen la base rítmica desde una perspectiva diferente a la de décadas atrás.
Y, precisamente por eso, creo que merece la pena escuchar The Quest sin utilizar constantemente los viejos discos como una regla con la que medirlo.
Habrá quien eche de menos al Yes clásico. Es comprensible. Yo también vuelvo muchas veces a aquellos discos.
Pero una cosa no tiene por qué excluir a la otra.
Puedo escuchar Close to the Edge y, muchos años después, encontrar cosas que me interesan en The Quest.
Y dentro de ese álbum, “A Living Island” me parece uno de esos momentos en los que Yes consigue mirar hacia su propia historia sin quedarse atrapado en ella.
Quizá esa sea la verdadera búsqueda de The Quest: seguir siendo Yes sin intentar ser exactamente el Yes que fuimos.
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