Steve Hackett & Steve Rothery – The Roaring Waves: cuando las guitarras cuentan el mar
Cuando dos músicos de la talla de Steve Hackett y Steve Rothery deciden compartir un disco, sabes desde el principio que no estamos ante un lanzamiento cualquiera. Son dos nombres que, cada uno a su manera, contribuyeron a definir la identidad del rock progresivo y que han dedicado décadas a construir una obra que habla por sí sola.
Ambos han desarrollado carreras extraordinarias, tanto al frente de sus respectivos grupos como en solitario. Steve Hackett fue una pieza esencial de la etapa más creativa de Genesis, dejando una huella decisiva en el sonido de la banda antes de iniciar una extensa trayectoria propia. Steve Rothery, guitarrista y miembro fundamental de Marillion desde sus comienzos, hizo de su particular forma de tocar —lírica, atmosférica y siempre cargada de emoción— una parte inseparable de la identidad del grupo.
Hackett posee una guitarra capaz de sonar tan delicada como un susurro y, apenas unos instantes después, elevarse con la grandeza de una tormenta. Rothery, por su parte, tiene ese tono inmediatamente reconocible, contemplativo y profundamente melódico. Dos estilos diferentes, pero unidos por una misma sensibilidad hacia la melodía y la atmósfera.
Además, sus caminos ya estaban unidos por una vieja admiración. El joven Rothery fue un declarado admirador de Genesis y, especialmente, del trabajo de Hackett, cuya manera de utilizar la guitarra tuvo una influencia importante en su propia concepción del instrumento. Con el paso de los años, Rothery desarrollaría junto a Marillion una identidad completamente personal, mientras Hackett ampliaba su universo musical en una prolífica carrera en solitario.
Y cuando estos dos músicos deciden finalmente unir sus fuerzas, las expectativas aumentan considerablemente.
El resultado se titula The Roaring Waves, un álbum instrumental construido desde la atmósfera y, sobre todo, desde la capacidad de envolver al oyente. Aquí las guitarras no están simplemente para acompañar una melodía: parecen convertirse en narradoras de un paisaje.
El propio concepto del álbum tiene un marcado aire cinematográfico. Las melodías avanzan, retroceden y vuelven a crecer como las mareas, mientras las guitarras se entrelazan para construir diferentes estados de ánimo. El mar aparece como paisaje, pero también como una fuente de movimiento, misterio y emoción.
Incluso la portada parece formar parte de esa historia. Diseñada por Simon Ward, conocido entre otros trabajos por su relación con Marillion, presenta una escena sombría dominada por los tonos azul oscuro: una boya luminosa —o quizá un pequeño barco pesquero— lucha por mantenerse visible en medio de un mar embravecido. Una imagen que resume perfectamente la intención del álbum: capturar mediante el sonido los paisajes marítimos y la atmósfera que existe alrededor y dentro del mar.
Y para entrar en ese universo no podía haber mejor comienzo que “The Storm”.
The Storm: cuando llega la tormenta
El álbum se abre con “The Storm”, un título que parece anunciar desde el primer instante el rumbo que tomará la música. El tema nació de una jam session en el Racket Club, y quizá esa procedencia ayude a entender su carácter orgánico, como si la composición hubiera ido creciendo delante de los propios músicos hasta encontrar su forma definitiva.
Al principio todo parece suspendido.
Las olas y las gaviotas nos sitúan frente al mar mientras los teclados de Riccardo Romano dibujan un paisaje de texturas que, por unos instantes, parece transportarnos a otra época. Hay algo familiar en esos sonidos, una especie de eco de aquel rock progresivo en el que la atmósfera tenía tanta importancia como la propia composición.
Entonces aparece la guitarra.
Steve Hackett introduce las primeras notas con esa capacidad tan suya para convertir un sonido aparentemente sencillo en algo lleno de misterio. Su guitarra parece emerger del paisaje poco a poco, todavía contenida, casi celestial, mientras alrededor de ella comienzan a acumularse nuevas texturas.
Pero sabemos que la calma no va a durar.
Steve Rothery se incorpora progresivamente, aportando su característico tono melódico y algunos efectos que hacen que el paisaje sonoro adquiera una nueva dimensión. Ya no estamos simplemente contemplando el mar: podemos empezar a sentir cómo cambia el ambiente, cómo el viento aumenta y cómo, en la distancia, la tormenta comienza a acercarse.
La batería de Daniele Pomo juega entonces un papel fundamental. Sus golpes, cada vez más marcados y contundentes, tienen algo de marcha, de amenaza que se aproxima. El ritmo no necesita imitar literalmente una tormenta; basta con esa progresión para que nuestra imaginación haga el resto.
Las guitarras empiezan a entrelazarse, a responderse y a crecer juntas. La delicadeza inicial va dando paso a una interpretación más intensa, con matices casi metálicos y una fuerza que recuerda inevitablemente a algunos de los trabajos más recientes de Hackett. Sin embargo, la composición nunca pierde esa dimensión melódica que permite que todo resulte natural.
La tormenta ha llegado.
Durante unos minutos, el tema se convierte en una auténtica turbulencia instrumental. No hay voz que nos indique qué debemos sentir ni una historia que seguir literalmente. Son las guitarras las que construyen el relato: el viento, la lluvia, las olas golpeando contra la costa, la oscuridad creciendo sobre el horizonte.
Y entonces sucede algo especialmente hermoso.
Cuando parece que la música ha alcanzado su máxima intensidad, todo comienza a retirarse lentamente. La tormenta pasa. La batería pierde protagonismo, las guitarras recuperan su carácter más delicado y el paisaje vuelve poco a poco a la calma.
En el último minuto, las notas se desvanecen y regresamos al lugar del que habíamos partido.
Pero ya no es exactamente el mismo paisaje.
Eso es lo que hace que “The Storm” funcione tan bien como apertura de The Roaring Waves. No es únicamente una pieza instrumental sobre una tormenta; es una pequeña narración sonora construida con paciencia, donde cada instrumento tiene un papel y donde Hackett y Rothery demuestran que dos guitarras pueden decir mucho cuando se escuchan entre ellas.
Cerrar los ojos y dejarse llevar por ella es casi inevitable: primero el mar tranquilo, después el viento, la lluvia, la oscuridad y finalmente esa calma que llega cuando todo ha pasado.
Una pieza salvaje, hermosa y profundamente cinematográfica que deja claro, desde el comienzo, que The Roaring Waves no pretende ser simplemente un disco de guitarras.
Es un viaje.
Y el viaje acaba de comenzar.
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