Jethro Tull – Stormwatch: la tormenta final de una era
Hay discos que parecen estar hechos para cerrar una etapa. No necesariamente porque sus autores supieran que aquello estaba llegando a su fin, sino porque, escuchados con perspectiva, contienen algo de despedida. Stormwatch, publicado por Jethro Tull en 1979, es uno de esos discos.
Con él se cerraba la trilogía iniciada con Songs from the Wood y continuada con Heavy Horses, una etapa en la que Ian Anderson y los suyos habían llevado el folk británico a un territorio propio, mezclándolo con rock, música clásica y una instrumentación cada vez más rica. Pero aquí el paisaje ha cambiado. Ya no encontramos el mismo ambiente pastoral y luminoso de los discos anteriores. En Stormwatch sopla un viento más frío.
Desde “North Sea Oil”, Anderson pone sobre la mesa algunas de las preocupaciones que recorren todo el álbum: la dependencia energética, la explotación de los recursos naturales, el deterioro del medio ambiente y una sociedad que parece avanzar sin preguntarse demasiado hacia dónde. La música también parece más áspera, más contenida, menos dispuesta a buscar la comodidad del oyente.
Y, sin embargo, Stormwatch no es únicamente un disco de denuncia. Entre sus canciones hay espacio para la intimidad, la reflexión y algunas de las melodías más hermosas de esta última etapa.
“Flying Dutchman”: navegar hacia ninguna parte
Entre ellas está “Flying Dutchman”, uno de los temas que más me interesan del álbum. Anderson utiliza aquí la figura del Holandés Errante, condenado a navegar eternamente, como una imagen de desarraigo y de imposibilidad de encontrar un lugar al que regresar.
La canción tiene algo hipnótico. No necesita grandes explosiones instrumentales para transmitir esa sensación de viaje interminable. Hay en ella una melancolía muy particular, casi marítima, que hace que la música parezca avanzar lentamente sobre un horizonte gris.
Flying Dutchman
Hay canciones que parecen contar una historia y otras que consiguen que tú formes parte de ella. “Flying Dutchman” pertenece a estas últimas. Su protagonista navega condenado a no llegar nunca a puerto, y Jethro Tull convierte esa imagen en una hermosa metáfora de la soledad, del paso del tiempo y de quienes siguen adelante sin saber muy bien dónde está su destino.
Escucharla es como contemplar el mar desde la cubierta de un barco mientras la costa desaparece poco a poco. No hay dramatismo exagerado, sólo esa sensación de estar navegando hacia un lugar que quizá nunca encontraremos.
Un disco cada vez más oscuro
En otros momentos aparecen “Orion”, “Home” o “Dun Ringill”, esta última una pequeña pieza de enorme personalidad, misteriosa y casi suspendida en el tiempo. Son canciones que contribuyen a crear ese clima frío y crepuscular que distingue a Stormwatch.
Pero si hay una pieza que resume mejor que ninguna otra el carácter de despedida del álbum, esa es “Elegy”.
“Elegy”: un último adiós
Compuesta por Dee Palmer, “Elegy” es instrumental y apenas necesita unos minutos para decir lo que muchas canciones necesitan explicar con palabras. La guitarra de Martin Barre, los arreglos y la delicada melodía construyen una pieza sobria y profundamente emotiva.
No es una despedida grandilocuente. Todo lo contrario. Su fuerza está precisamente en la contención. La música avanza con una serenidad casi clásica, como si mirara hacia atrás sin necesidad de explicarlo todo.
Elegy
“Elegy” siempre me ha parecido una de esas piezas que hablan en voz baja. No necesita palabras para transmitir una sensación de pérdida, pero tampoco es una música triste en sentido estricto. Hay algo de recuerdo, de gratitud y de aceptación.
Quizá por eso encaja tan bien al final de “Stormwatch”. Después de toda la tensión, de las advertencias y de ese paisaje cada vez más oscuro, llega esta pequeña pieza instrumental y todo parece detenerse durante unos instantes.
Escucharla es cerrar los ojos y dejar que la música diga aquello que a veces nosotros no sabemos expresar.
Y resulta difícil no darle un significado especial cuando sabemos lo que ocurrió alrededor de aquel disco. John Glascock, que ya sufría graves problemas de salud y sólo pudo participar parcialmente en la grabación, moriría poco después. Además, tras Stormwatch, aquella formación de Jethro Tull que había construido una de las etapas más sólidas de su historia comenzaría a desaparecer.
Por eso Stormwatch terminó siendo mucho más que el último capítulo de una trilogía. Se convirtió, casi sin proponérselo, en el final de una época.
La tormenta antes del cambio
Musicalmente, el álbum mira todavía hacia el folk-rock de Songs from the Wood y Heavy Horses, pero lo hace desde un lugar diferente. Hay menos sensación de celebración y más inquietud. Las guitarras tienen mayor peso, los sintetizadores adquieren protagonismo y los arreglos contribuyen a crear un paisaje más frío y sombrío.
Quizá por eso Stormwatch no siempre ha ocupado el lugar que merece dentro de la discografía de Jethro Tull. No tiene la inmediatez de otros álbumes del grupo ni busca repetir fórmulas conocidas. Es un disco más reflexivo, que necesita tiempo.
Y precisamente ahí está buena parte de su atractivo.
Hoy, escuchado desde nuestro presente, resulta difícil no encontrar cierta actualidad en sus preocupaciones. La energía, la explotación del planeta, la fragilidad de nuestro modelo de vida y esa sensación permanente de que algo está cambiando forman parte de nuestro propio paisaje.
Stormwatch fue publicado en 1979, pero algunas de sus advertencias parecen haber viajado con el tiempo.
Y entre ellas quedan dos momentos que para mí resumen perfectamente el espíritu del álbum: “Flying Dutchman”, navegando eternamente hacia un destino incierto, y “Elegy”, deteniéndose un instante para mirar todo lo que queda atrás.
Una tormenta estaba a punto de terminar. Y también una era de Jethro Tull.

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