YES – Tormato (1978): el extraño y fascinante ocaso de una era progresiva





           

 YES – Tormato (1978): el extraño y fascinante ocaso de una era progresiva

Dentro de la gigantesca discografía de Yes, pocos álbumes generan debates tan intensos como Tormato.

Para algunos representa el inicio de la decadencia de la etapa clásica del grupo. Para otros, es una obra incomprendida, irregular pero valiente, que muestra a una banda intentando reinventarse mientras el mundo musical cambiaba violentamente a finales de los años setenta.

Lo cierto es que Tormato posee algo que muchos discos técnicamente perfectos no tienen: personalidad.
Una personalidad caótica, contradictoria y profundamente humana.

Escucharlo hoy es asistir al momento exacto en que el Yes sinfónico y monumental de los setenta empieza a fracturarse desde dentro.

1978: Yes frente a un nuevo mundo

Cuando el álbum apareció en septiembre de 1978, el rock progresivo ya no ocupaba el centro cultural que había dominado pocos años antes.

El punk había cuestionado todo aquello que bandas como Yes representaban: virtuosismo, composiciones largas, ambición conceptual y complejidad instrumental. Mientras grupos jóvenes defendían canciones rápidas y directas, muchos gigantes progresivos parecían criaturas de otro tiempo.

Pero Yes no estaba dispuesto a desaparecer.

Tras el éxito de Going for the One, el grupo continuó alejándose parcialmente de las largas suites sinfónicas para explorar canciones más compactas, dinámicas y directas.

Y eso define gran parte del sonido de Tormato.

El disco del tomate: una portada convertida en leyenda

La historia del título y la portada del álbum es ya parte de la mitología del rock.

Originalmente el disco iba a llamarse Yes Tor, en referencia a una colina de Dartmoor, Inglaterra. La famosa agencia de diseño Hipgnosis preparó una propuesta visual protagonizada por un zahorí utilizando varillas de radiestesia.

Pero algo salió mal.

La banda quedó profundamente insatisfecha con el resultado, especialmente después del enorme dinero invertido en la sesión fotográfica y el diseño.

Entonces ocurrió el accidente que terminaría definiendo la identidad visual del álbum.

Las versiones cambian según quién cuente la historia: algunos señalan a Rick Wakeman, otros al diseñador Aubrey Powell o incluso al manager de la banda. Pero alguien, frustrado, lanzó un tomate contra la imagen promocional.

La fotografía del tomate explotando sobre la portada gustó más que la idea original.

Y así nació Tormato.

Un juego de palabras absurdo entre “tomato” y “tor” que terminó convirtiéndose en una de las portadas más extrañas, discutidas y reconocibles de toda la historia del rock progresivo.

Curiosamente, muchos miembros de la banda la odiaban.

Pero acabó quedándose.

Y quizá no exista imagen más perfecta para representar el estado interno de Yes en aquel momento: creatividad brillante mezclada con confusión, agotamiento y caos.

Un sonido más rápido, directo y nervioso

Musicalmente, Tormato continúa la línea iniciada en Going for the One: canciones más breves, menos barrocas y con un enfoque más energético y rítmico.

Eso no significa que Yes abandonara la sofisticación.

La complejidad sigue ahí, pero comprimida dentro de estructuras más compactas y menos ceremoniales.

El resultado es un álbum nervioso, luminoso y a veces sorprendentemente veloz.

Rick Wakeman y los sintetizadores futuristas

Uno de los elementos más característicos del disco es el uso intensivo de sintetizadores brillantes y agresivos por parte de Rick Wakeman.

El Polymoog y otros teclados modernos sustituyen parcialmente la calidez clásica del Mellotron y los órganos monumentales que habían definido el sonido más sinfónico de Yes.

Muchos fans criticaron esos timbres agudos y artificiales.
Pero escuchados hoy, aportan una estética muy particular: una mezcla entre ciencia ficción setentera y transición hacia los años ochenta.

Steve Howe: menos pastoral, más afilado

La guitarra de Steve Howe también cambia de enfoque.

Aquí suena menos atmosférica y más cortante, más eléctrica y directa.
Sus líneas poseen energía casi nerviosa, alejándose parcialmente del lirismo pastoral de discos anteriores.

Es otro síntoma de transformación.

Yes parecía abandonar lentamente sus paisajes fantásticos para entrar en territorios más urbanos y contemporáneos.

Chris Squire sigue siendo el corazón del grupo

Si alguien mantiene intacta la esencia emocional de Yes en Tormato, ese es Chris Squire.

Su bajo continúa siendo monumental: melódico, agresivo y absolutamente dominante.

Incluso cuando la producción resulta irregular —uno de los grandes problemas históricos del disco— Squire logra sostener las canciones con una presencia casi arquitectónica.

Porque aunque Tormato pueda sonar disperso, el bajo de Squire mantiene siempre el ADN clásico de Yes latiendo bajo la superficie.

Jon Anderson y unas letras más terrenales

También las letras muestran cambios importantes.

La espiritualidad cósmica y abstracta de trabajos anteriores sigue presente, pero Jon Anderson introduce temas más cercanos y concretos.

El mejor ejemplo es “Don’t Kill the Whale”, una de las primeras canciones de rock progresivo con un mensaje ecologista explícito.

Puede parecer sencilla comparada con epopeyas como Close to the Edge, pero precisamente ahí reside su importancia: Yes intentando conectar con preocupaciones contemporáneas sin abandonar completamente su identidad artística.

¿Fracaso o joya incomprendida?

La recepción inicial del álbum fue contradictoria.

Comercialmente no fue un desastre: alcanzó disco de oro en Reino Unido y platino en Estados Unidos. Pero internamente dejó un fuerte sentimiento de frustración dentro del grupo.

Muchos críticos lo consideraron un trabajo inconsistente y una gran decepción comparado con las obras maestras anteriores de la banda.

Con el tiempo, esa visión comenzó a cambiar.

Porque escuchado décadas después, Tormato resulta mucho más interesante de lo que su reputación histórica sugería.

El último suspiro de la formación clásica

Hoy el álbum posee además un enorme valor simbólico.

Fue el último trabajo de estudio de la formación clásica setentera antes de la ruptura que desembocaría en Drama (1980), disco donde Jon Anderson y Rick Wakeman abandonarían temporalmente el grupo.

Por eso Tormato suena muchas veces como una despedida involuntaria.

Un disco donde conviven todavía la grandeza progresiva del pasado y las tensiones de un futuro incierto.

La belleza de los discos imperfectos

Quizá ahí resida finalmente el encanto de Tormato.

No es un álbum perfecto.
Ni siquiera probablemente uno de los mejores discos de Yes.

Pero sí es uno de los más humanos.

Aquí se escucha a una banda luchando por evolucionar, intentando adaptarse sin traicionar completamente su esencia. Hay cansancio, experimentación, contradicciones y también momentos de enorme belleza melódica.

Y precisamente por eso sigue fascinando.

Porque más allá de las críticas, las mezclas problemáticas o las tensiones internas, Tormato conserva intacta una cualidad fundamental del gran rock progresivo:

La voluntad de seguir buscando nuevos caminos incluso cuando todo alrededor parecía derrumbarse.




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