Velvet Underground - The Velvet Underground & Nico

         

         

 

The Velvet Underground: el ruido hermoso que cambió la música

Hay bandas que triunfan en las listas, y hay otras que cambian la historia. The Velvet Underground pertenece claramente al segundo grupo. Nunca fueron un fenómeno de masas en su tiempo, pero su influencia ha sido tan profunda que resulta casi imposible entender la música moderna sin ellos.

Formados en Nueva York a mediados de los años 60, Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker rompieron con todo lo que se esperaba del rock. Mientras otras bandas hablaban de amor, psicodelia o evasión, Velvet Underground se atrevió a mirar de frente a la ciudad real, oscura y contradictoria: drogas, sexo, marginalidad, alienación y arte.

La sola mención de The Velvet Underground funciona casi como un conjuro mágico. Pronunciar su nombre nos transporta automáticamente a la época dorada de la contracultura de los años 60, a un ambiente oscuro de clubes neoyorquinos, guitarras machaconas y alucinadas, luces psicodélicas y arte llevado al límite. Un mundo muy alejado del ideal hippie californiano y mucho más cercano a la realidad cruda y nocturna de Nueva York.

Como ocurre a menudo, los músicos más influyentes no empezaron desde lo alto. Lou Reed, antes de convertirse en icono, tuvo uno de esos trabajos alimenticios dentro de la industria musical. En 1964 fue contratado por Pickwick Records, un sello especializado en lanzar copias baratas de los éxitos del momento. Reed estaba obligado a componer canciones en serie, cuantas más mejor, sin aspiraciones artísticas aparentes. Sin embargo, incluso en esas parodias sin alma, no podía evitar dejar su sello personal, una forma distinta de escribir letras y melodías que ya apuntaba maneras.

Fue precisamente durante esa etapa cuando nació una canción titulada “The Ostrich”, una especie de copia barata de The Twist. Para defenderla en directo, Reed necesitaba músicos. Y aquí entra en juego el azar, siempre tan presente en las grandes historias.

Una noche, en una fiesta en el Lower East Side de Manhattan, Lou Reed se fijó en un chico por el simple detalle de su melena al estilo Beatle. Ese chico resultó ser John Cale, recién llegado desde Gales, estudiante de música clásica y miembro del Theater of Eternal Music, el proyecto vanguardista de La Monte Young, donde exploraba drones infinitos y música experimental con su viola eléctrica.

Reed quedó fascinado. Lo convenció para tocar en The Primitives, el grupo improvisado para acompañar aquel single menor. Sin saberlo, acababa de unir dos mundos aparentemente opuestos: el del rock callejero y el de la vanguardia académica. De esa colisión nacería algo completamente nuevo.

Poco después, el periodista Al Aronowitz, que creía firmemente en el grupo, les consiguió una residencia fija en el Café Bizarre, un oscuro local para turistas en Greenwich Village. Tocaban allí seis noches a la semana. Para contentar a un público poco dispuesto a experimentos, incorporaron versiones de clásicos del R&B, aunque poco a poco su sonido se volvió más agresivo, repetitivo y desafiante.

Fue en ese contexto donde Andy Warhol los descubrió. Bajo su tutela, la banda pasó a formar parte de su universo creativo. Warhol no solo les dio visibilidad: les proporcionó un marco artístico total. Música, cine, performance y provocación se fusionaron en el espectáculo multimedia Exploding Plastic Inevitable, con proyecciones, luces estroboscópicas y una sensación de caos perfectamente calculado.

The Velvet Underground & Nico: el disco que no quería gustar… y lo cambió todo

Hay álbumes que nacen para triunfar y otros que nacen para romper las reglas.
            

“The Velvet Underground & Nico” (1967) pertenece claramente al segundo grupo. En su momento fue incomprendido, ignorado por las listas y demasiado incómodo para la industria, pero con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los discos más influyentes de la historia del rock.

Desde su portada ya dejaba claro que no iba a ser un álbum convencional. El famoso plátano diseñado por Andy Warhol no solo funcionaba como reclamo visual, sino como una declaración de intenciones: arte pop, provocación y ambigüedad sexual en un solo objeto. Warhol fue mucho más que un padrino artístico; creó el contexto perfecto para que la banda existiera sin concesiones.

Nueva York frente al sueño hippie

Mientras en la Costa Oeste triunfaba el optimismo psicodélico y el mensaje de “paz y amor”, The Velvet Underground miraban directamente a las calles de Nueva York. Su mundo estaba hecho de luces de neón, drogas duras, personajes marginales y noches interminables. El álbum suena urbano, frío y real, como la ciudad que lo vio nacer.

Canciones como “I’m Waiting for the Man” o “Heroin” no idealizan nada: describen. Lou Reed canta sobre la adicción, la ansiedad y el deseo con una franqueza inédita hasta entonces. No hay moralina ni épica, solo vida cruda convertida en canción.

Warhol también sugirió que la banda necesitaba un empujón adicional y propuso a Nico como cantante. La modelo alemana acababa de ganar notoriedad tras aparecer en La Dolce Vita de Federico Fellini, y su presencia aportó misterio, glamour y atención mediática. Gracias a su fama —y al peso de Warhol—, el grupo consiguió rápidamente un contrato discográfico.

Para la grabación del primer álbum, Warhol recurrió a Norman Dolph, DJ y técnico de sonido habitual en inauguraciones de galerías de arte neoyorquinas, donde solía cobrar con obras de arte en lugar de dinero. Siguiendo esa costumbre, Dolph aceptó coproducir el disco a cambio de un cuadro de Andy Warhol. Así nació The Velvet Underground & Nico, incluso en su producción, como un objeto artístico antes que comercial.

Las ideas de Warhol rozaban a veces lo provocadoramente absurdo. Llegó a sugerir que se rayaran a propósito todas las copias del disco para que, al llegar al verso “I’ll be your mirror”, la aguja saltara y repitiera la frase eternamente hasta que alguien se levantara a detener el tocadiscos. Por suerte, la idea no se llevó a cabo.

Tras el éxito limitado del álbum en su momento, las relaciones entre la banda y Warhol se enfriaron. Velvet Underground acabó despidiéndolo, algo que no encajó bien con el ego del artista. Nico, al haber sido una imposición suya, también abandonó el grupo.

Resulta curioso que “Heroin”, una de las canciones más emblemáticas del disco y de la historia del rock, fuera compuesta por Lou Reed mucho antes de que existiera The Velvet Underground, cuando ni siquiera podía imaginar que aquella banda llegaría a ser real. Una prueba más de que este álbum no fue un accidente, sino la culminación de una visión que llevaba años gestándose.

Nico: belleza distante y misterio

La presencia de Nico añade una dimensión única al disco. Su voz grave, distante y casi fantasmal contrasta con el tono narrativo de Reed. En temas como “Femme Fatale”, “All Tomorrow’s Parties” o “Sunday Morning”, Nico aporta una sensación de frialdad elegante, casi europea, que refuerza el carácter artístico y experimental del álbum.

Su figura, promovida por Warhol, contribuyó a que el disco tuviera un aire de arte total, donde imagen, actitud y música formaban un todo inseparable.

Ruido, vanguardia y minimalismo

Musicalmente, el álbum fue revolucionario. La viola eléctrica de John Cale crea drones hipnóticos, tensiones incómodas y atmósferas opresivas, especialmente en “Venus in Furs”, una canción tan perturbadora como fascinante. La batería primitiva de Maureen Tucker, tocada de pie y sin adornos, refuerza ese minimalismo casi tribal.

Nada suena pulido ni amable. Todo está al servicio de una idea: decir algo nuevo, aunque resulte incómodo.

Un fracaso que se convirtió en mito

En su lanzamiento, el disco fue un fracaso comercial. Las radios lo evitaron, las tiendas dudaron en venderlo y muchos críticos no supieron cómo abordarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el álbum se convirtió en una biblia para generaciones enteras de músicos.

Punk, post-punk, indie, noise, rock alternativo… todos beben, de una forma u otra, de este disco. Porque demostró que el rock podía ser arte, literatura, provocación y verdad.

Conclusión

“The Velvet Underground & Nico” no es un álbum fácil, ni busca serlo. Es un disco que no pide permiso, que incomoda y seduce a partes iguales. Un trabajo que abrió puertas que nadie se atrevía a empujar.

Escucharlo hoy sigue siendo una experiencia intensa. Porque hay discos que envejecen… y otros que siguen siendo peligrosos. Este, sin duda, pertenece al segundo grupo.


          

Ruido, vanguardia y minimalismo

Musicalmente, el álbum fue revolucionario. La viola eléctrica de John Cale crea drones hipnóticos, tensiones incómodas y atmósferas opresivas, especialmente en “Venus in Furs”, una canción tan perturbadora como fascinante. La batería primitiva de Maureen Tucker, tocada de pie y sin adornos, refuerza ese minimalismo casi tribal.

Nada suena pulido ni amable. Todo está al servicio de una idea: decir algo nuevo, aunque resulte incómodo.

Un fracaso que se convirtió en mito

En su lanzamiento, el disco fue un fracaso comercial. Las radios lo evitaron, las tiendas dudaron en venderlo y muchos críticos no supieron cómo abordarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el álbum se convirtió en una biblia para generaciones enteras de músicos.

Punk, post-punk, indie, noise, rock alternativo… todos beben, de una forma u otra, de este disco. Porque demostró que el rock podía ser arte, literatura, provocación y verdad.

Conclusión

“The Velvet Underground & Nico” no es un álbum fácil, ni busca serlo. Es un disco que no pide permiso, que incomoda y seduce a partes iguales. Un trabajo que abrió puertas que nadie se atrevía a empujar.

Escucharlo hoy sigue siendo una experiencia intensa. Porque hay discos que envejecen… y otros que siguen siendo peligrosos. Este, sin duda, pertenece al segundo grupo.

          


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