David Gilmour: cuando la guitarra sigue hablando en cualquier idioma
Más allá de su legado inmortal con Pink Floyd, David Gilmour ha construido, a lo largo de las décadas, una carrera en solitario serena pero profundamente significativa. Desde su debut homónimo en 1978, pasando por About Face (1984) y el contemplativo On an Island (2006), Gilmour ha demostrado que su voz artística no depende de una banda, sino de una manera muy personal de entender la emoción, el espacio y el silencio.
Esa búsqueda alcanza un nuevo grado de madurez en Rattle That Lock (2015), su cuarto álbum solista, un disco que suena a reflexión, a mirada hacia atrás y hacia dentro, pero también a una apertura consciente hacia el mundo exterior. Aquí, Gilmour no se esconde en la nostalgia: observa, cuestiona y, cuando es necesario, denuncia.
El origen del álbum es casi cotidiano: el sonido de un anuncio grabado en una estación de tren francesa, que se convierte en el motivo rítmico del tema que da título al disco. A partir de ahí, el álbum se despliega como una colección de escenas, un recorrido emocional donde aparecen el amor, la libertad, el paso del tiempo y, sobre todo, la responsabilidad moral del individuo. La guitarra de Gilmour sigue siendo protagonista, pero ya no busca imponerse: dialoga, acompaña, respira.
Gran parte de esa profundidad narrativa proviene de las letras, escritas en su mayoría junto a Polly Samson, su esposa y colaboradora habitual desde los últimos años de Pink Floyd. Su escritura aporta un tono poético, directo y humanista, perfectamente integrado en una producción cuidada y cálida, firmada por el propio Gilmour junto a Phil Manzanera. Todo suena cercano, accesible, incluso cuando el mensaje es incómodo.
“In Any Tongue”: la herida que no se cierra
En ese contexto aparece “In Any Tongue”, una de las piezas más sobrias, intensas y emocionalmente devastadoras de Rattle That Lock. La canción avanza sin grandilocuencia, casi con pudor, como si supiera que el tema que aborda —la guerra y sus cicatrices invisibles— no admite adornos innecesarios.
La historia se siente desde dentro: la de alguien que vuelve, pero no regresa del todo. La música se construye con paciencia, dejando espacio al silencio y a la tensión contenida, hasta que la guitarra de Gilmour irrumpe en un solo que no busca exhibición, sino catarsis. Cada nota parece cargar con aquello que no se puede decir, convirtiendo la guitarra en una voz quebrada, humana, casi física.
“In Any Tongue” no señala culpables concretos ni banderas. Su fuerza está en su universalidad: el dolor, la culpa y el trauma no necesitan traducción. Se entienden en cualquier idioma.
Una canción que se niega a quedarse en el pasado
Lo más revelador es que Gilmour no ha dejado esta canción anclada en 2015. Al incluirla en su más reciente directo, Live at the Circus Maximus, la rescata y la resignifica. Interpretada en un escenario cargado de historia, rodeada de imágenes monumentales y bajo un cielo abierto, “In Any Tongue” adquiere una nueva dimensión.
Ya no es solo una canción de estudio: es un acto de memoria, una pieza que Gilmour decide volver a tocar porque sigue siendo necesaria. En ese contexto en vivo, el solo se alarga, respira, duele más. El público guarda silencio. La canción no entretiene: confronta.
Esa “segunda vida” confirma algo esencial: para Gilmour, la música no es solo estética, sino posición ética. Hay canciones que envejecen; otras, como esta, siguen creciendo con el tiempo.
Epílogo
Con Rattle That Lock y, especialmente, con “In Any Tongue”, David Gilmour demuestra que la madurez artística no consiste en repetir fórmulas, sino en saber cuándo hablar y cuándo dejar que la guitarra lo haga por uno. En un mundo saturado de ruido, su música sigue diciendo lo esencial con pocas palabras… y con notas que, efectivamente, se entienden en cualquier idioma.

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