Entre la rica y excelsa discografía de Mike Oldfield existe un tema muy desconocido, quizás poco apreciado incluso entre algunos de sus seguidores más acérrimos. Pero para mi , esta pieza se revela como una joya escondida: estamos hablando de la canción “Mont St. Michel”, incluido como cierre final en su álbum The Voyager.
The Voyager es un disco donde Oldfield se sumergió en las raíces de la música celta, creando una obra que fusiona composiciones originales con arreglos de melodías tradicionales irlandesas, escocesas y gallegas.
Un Álbum en un Momento de Transición
Voyager surgió en un período crucial para Oldfield. Tras dejar Virgin Records en 1992 —donde había grabado clásicos como Tubular Bells II— firmó un contrato de tres discos con Warner Bros., que culminaría en 2003 con Tubular Bells 2003. Este álbum cierra la trilogía iniciada con The Songs of Distant Earth (1994), un trabajo ambient inspirado en Arthur C. Clarke.
Fascinado por la música folclórica europea, y con el auge de la música celta en los 90, Oldfield vio una oportunidad para honrar tradiciones ancestrales mientras mantenía su sonido característico: capas de guitarra acústica, gaitas, cuerdas orquestales y coros etéreos.
En entrevistas, Oldfield reveló que Voyager fue uno de sus álbumes más rápidos de producir:
“Lo grabé en un mes y medio, con algunas canciones compuestas y registradas en una sola mañana”.
La espontaneidad y ligereza de este proceso contrastan con la meticulosa elaboración de sus obras previas.
“Mont St. Michel”: La Obra Maestra Oculta
La pieza se abre con cuerdas suaves y un tempo lento, avanzando con pasos ceremoniales. Es como observar el Mont emerger entre la niebla mientras la marea sube lentamente. Oldfield construye un ambiente místico y contemplativo, invitando al oyente a iniciar su peregrinación.
El comienzo es reposado, tranquilo y serio. Se introduce el tema central interpretado al sintetizador, seguido por las primeras réplicas de flautas. La guitarra acústica toma el relevo mientras la London Symphony Orchestra se prepara para la pirotecnia que vendrá en el centro de la suite.
Seguidamente aparece un motivo celta, interpretado por violines y reforzado por percusión ligera. Se siente el avance constante, la subida del camino hacia la abadía. Este tema es luminoso y elegante, funcionando como el primer “pilar” de la suite.
En la parte central de la suite la orquesta toma protagonismo con arreglos majestuosos y expansivos, evocando un horizonte que se abre como una gran puerta de piedra. Aquí Oldfield se adentra en lo cinematográfico, recordando a compositores de música épica europea.Este es el corazón espiritual de la suite: un canto sin palabras que evoca la esencia monástica del Mont. La música aumenta en intensidad: la orquesta se densifica, la percusión marca el paso y las capas melódicas interactúan. Este tramo funciona como tormenta interna, un momento de lucha simbólica antes de alcanzar la claridad final.
El cierre es sereno y meditativo. La orquesta se apaga suavemente, como la marea que retrocede, dejando silencio y calma. No hay estridencia: solo una despedida tranquila, invitando a contemplar el paisaje tras alcanzar la cima.
Mont St. Michel no es solo una canción: es una peregrinación sonora, un viaje a través de la tradición celta, la majestuosidad orquestal y la sensibilidad espiritual de Mike Oldfield. Una joya oculta que convierte a The Voyager en un álbum imprescindible para quienes buscan descubrir la faceta más introspectiva y épica del maestro.
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