Black Sabbath – Black Sabbath (1970)






           



 

Black Sabbath – Black Sabbath (1970): El nacimiento de la oscuridad

Un 13 de febrero de 1970, mientras el mundo celebraba el amor con flores y corazones, en Inglaterra nacía algo muy distinto: el sonido del miedo, del misterio, de la sombra. Ese día, Black Sabbath lanzó su disco homónimo, marcando el inicio no solo de su carrera, sino de todo un género musical: el heavy metal.

Contexto: entre la tormenta y la fábrica

El final de los años 60 estaba dominado por la psicodelia, el blues-rock y el mensaje hippie del amor libre. Pero en Birmingham, una ciudad industrial de cielo gris, cuatro jóvenes —Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward— sentían que esa música no reflejaba la realidad que los rodeaba: fábricas, humo, precariedad y una sensación constante de amenaza.

Inspirados por películas de terror y ocultismo, y por una visión más sombría de la vida cotidiana, decidieron crear una música más pesada, lenta, y ominosa. Así nació Black Sabbath, el álbum que transformó el blues ácido en algo mucho más denso, cargado de oscuridad y poder.


 el origen del heavy metal

Desde el primer segundo del disco, queda claro que estamos ante algo distinto. La canción inicial, “Black Sabbath”, abre con el sonido de lluvia, truenos y una campana funeraria, antes de que entre un riff que aún hoy causa escalofríos: tres notas descendentes basadas en un intervalo conocido como el tritono o diabolus in musica. Es la banda sonora perfecta del terror, una especie de misa negra en clave de blues, donde Ozzy canta sobre visiones demoníacas y fuerzas ocultas.

Pero el disco no se limita a la oscuridad. “The Wizard” mezcla armónica de blues, riffs potentes y armónica (sí, Ozzy tocaba armónica), en una canción que habla de magia y sabiduría. “N.I.B.” da voz al mismísimo Lucifer, pero no con furia, sino con seducción y melancolía. La interpretación de Osbourne y los riffs afilados de Iommi convierten lo demoníaco en algo casi humano.

También hay momentos más cercanos al blues tradicional, como “Evil Woman” (en la edición original británica reemplazada por “Wicked World” en Estados Unidos), pero siempre filtrados por ese toque Sabbath: guitarras pesadas, bajo profundo, y una sensación de que algo oscuro se cierne sobre cada nota.


             


Un sonido nuevo, una revolución sin saberlo

Lo que hace especial a Black Sabbath no es solo su temática o su atmósfera, sino su sonido. Tony Iommi, tras perder la punta de dos dedos en un accidente en la fábrica, afinó su guitarra más baja y creó riffs con un estilo único, más grueso y denso. Esa necesidad técnica se convirtió en una característica del nuevo género. Geezer Butler, bajista y principal letrista, aportó un lirismo místico y oscuro. Bill Ward, con su batería orgánica, daba el ritmo perfecto a esa mezcla de terror y groove. Y Ozzy, con su voz aguda, espectral y desesperada, completaba el hechizo.

Nadie en 1970 usaba la palabra “metal” para describir esta música, pero con este disco, nació el heavy metal.

         


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